| Aún me asombra cómo la
mayoría de los que vivimos en Galápagos, una
vez llegados al continente, buscamos aislarnos del ruido
y.las aglomeraciones, refugiándonos en lugares similares,
como por ejemplo la península de Santa Elena. Aquí
el paisaje de bosque seco tropical, la aridez y brisa marina,
nos hacen sentir nuevamente en casa, protegidos por los
sonidos del mar, rodeados de criaturas familiares como cucuves,
pelícanos y cangrejos. Pero en estas Navidades muchos
buscaron el refugio de las playas, de tal forma que esa
paz y tranquilidad ansiadas no fueron tales, al menos no
en los alrededores de Salinas. Por eso decidí andar
un poco más al norte, hasta la provincia de Manabí,
recorrer otros rincones a lo largo de nuestros kilómetros
de costa, en gran medida aún virgen e inexplorada.
En Ayangue desayuné el consabido pescado frito, y
desde el mirador de la capilla entre Olón y Montañita
me dejé maravillar una vez más por el verdor
que llega hasta el mismo mar. No hay paisaje que no tenga
algo de sublime, porque desértico o frondoso, es
fruto de la fantástica diversidad de nuestro planeta.
Pero cuando el hombre esparce plásticos, colillas
de cigarrillos o botellas, cualquier belleza pierde su esplendor,
y a veces hasta llega a transformarse en horror. Tal vez
por eso la playa de los Frailes, en Manabí, tenga
la fama de ser una de las más hermosas del país,
porque siendo parte del Parque Nacional Machalilla, está
protegida, y no se encuentra ni una partícula de
basura en sus orillas color turquesa. El ser humano ha habitado
esta región por milenios, y durante el periodo de
la cultura manteña, entre 800 - 1532

Tejedora de sombreros de paja toquilla del
pueblo de Pile en Manabí'.
DC, este sería uno de los centros
más poblados del país, con su capital en Salanguito,
actual sitio de la comunidad Agua Blanca. Nuestro guía,
Carlos Ventura, recita el nombre de cada árbol y
planta, tanto de los que siempre estuvieron aquí,
como palo santo y muyuyo, como de los que se fueron introduciendo
a través de los años para distintos usos,
como yuca, mango, aguacate. Carlos pertenece a una de las
30 familias que se dedica al turismo en esta comunidad de
250 personas. Nos lleva por un sendero de dos kilómetros
hasta los sitios ceremoniales del pasado, donde cada cinco
metros se erguía una silla manteña para los
¡lustres del lugar, y luego nos conduce hasta la laguna
de aguas minerales donde hoy, en el presente, se realizan
ritos de limpia y purificación. Carlos es un intérprete
fabuloso, y un hombre |
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orgulloso de sus raíces,
dispuesto a ¡ preservar su memoria e identidad. ™
Sigo un poco más al norte. Paso s Puerto Cayo, adormecido
en la hora de la siesta; recorro las lomas áridas
que a ratos se topan con el mar.
Llegando a Pile
Un poco más al norte, entre dos cerros, sin indicio
de océano, aparece Pile. Me intriga su ubicación,
sin mar a la vista no puede tratarse de un Pueblito de pescadores.
Hay plátanos, papayas, bateas; es un pequeño
oasis en el bosque seco.
Camino por entre las casitas, cada una con su huerto, con
cerdos y gallinas, hasta llegar a la morada de Lorenza Ordóñez.
Es la hora de calor, por tanto Lorenza y sus hijos han dejado
de tejer. Descubro que Pile es el sitio de donde se originan
los mejores sombreros de paja toquilla. El abuelo de Lorenza
y el abuelo de su abuelo trabajaban la paja desde niños.
Temprano en la mañana y en la noche, la familia teje
para producir con suerte un sombrero al mes, que si es fino,
puede tomarse hasta dos meses. El acabado final se lo da
en Montecristi, pero el lugar desde que se seca ia paja
hasta que toma forma el sombrero es Pile, en las horas frescas.
Continúo el viaje, con ganas de llegar a un sitio
donde seamos solamente el mar y yo, para ver el atardecer
y descansar. A la vuelta de una curva pocos minutos al norte
de Pile se presentan una roca preciosa, el cabo San Lorenzo,
y un pueblito limpio, pequeño, de playa larga. Al
final de San Lorenzo diviso un faro, "El Faro Escandinavo",
con las banderas de Ecuador, Dinamarca, Suecia, Finlandia,
Noruega, ondeando al viento de la tarde. Cabanas de techitos
verdes y ordenados me invitan a pasar; encuentro parches
de flores y plantas de colores varios alrededor de un árbol
de algarrobo. Junto a la piscina azul, al pie de un mar
azul, me reciben los dueños, Henning Nilsen, de nacionalidad
noruega y Napoleón Martínez, ex habitante
de Galápagos. Henning hizo carrera como periodista
de destinos turísticos, y recorrió el mundo
buscando el sitio perfecto, que combinara naturaleza, privacidad,
mar y montañas. Halló su nicho en San Lorenzo,
y agregando toques de confort y sobriedad, construyó
junto con Ñapo un hotel, o bed and breakfast, que
lo tiene todo. Por su parte Napoleón buscaba un lugar
que tuviera similitud con las islas Galápagos, desde
donde se pudieran ver ballenas y disfrutar de la brisa marina,
pero también con cosas nuevas.
Ñapo me lleva al bosque que queda en los cerros junto
al hotel, y sin mucha dificultad, a media hora de caminata,
encontramos una familia de monos aulladores, y un bosque
secundario donde crecen tagua y paja toquilla, productos
básicos de los moradores del lugar.
Realmente el Faro Escandinavo lo tiene todo. A mi derecha
la roca de arenisca, al frente una playa divina, a mis espaldas
los cerros con más de cuarenta especies de aves,
monos y plantas nativas del Ecuador. No muy lejos un pueblito
de pescadores, de artesanos de la madera, de tejedores ancestrales
de sombreros de paja toquilla. Y sin embargo, en la privacidad
del sitio de paredes blancas y nítidas, pobladas
de libros, CD de música clásica y pinturas
originales, somos solamente el mar y yo a la hora de la
caída del sol. Y tan solo un poco más al norte...
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